Puerquito era un erizo muy vanidoso, se miraba tantas veces al espejo en el día que no salía de su casa para no alejarse de su hermoso reflejo. Una mañana Puerquito se levantó y como era costumbre lo primero que hizo fue mirarse al espejo. Un grito de terror rompió el cristal en pedacitos, Puerquito ya no era un erizo era ahora un cerdito.
—De todos los animales en los que me podría convertir, ¿por qué un cerdito? —pensó Puerquito muy disgustado—, son feos, gordos y siempre andan comiendo en el barro.
Puerquito salió de su casa para mostrarles a sus amigos el terrible cambio, pero ninguno de ellos lo notó. —Lo siento Puerquito —dijo el jaguar—, no te ves como un cerdito pareces más bien un erizo.
Puerquito se alejó de su amigo muy disgustado pues él era hermoso, su piel tenía lindas manchas, negras y amarillas. Seguramente me está mintiendo para hacerme sentir mejor —pensó Puerquito—, soy un feo cerdito tengo una nariz chata y una cola tan enroscada que ni podría peinarla.
Como ninguno de sus amigos notó que era un cerdito ahora, decidió ir con los que ahora serían su familia, los feos y asquerosos cerdos de la granja. Más cuando llegó al granero, ningún cerdo parecía reconocerlo; Puerquito se restregó en el barro y hasta comió basura para que lo reconocieran pero ningún cerdo lo reconoció. Lo siento erizo, no eres un cerdito, lo sabríamos te lo aseguro —le dijo el cerdo más grande—.
Muy desilusionado Puerquito volvió a su casa, se miró nuevamente al espejo y vio de nuevo a un cerdito, pero esta vez no era un cerdito feo, era un cerdito con hermosa piel rosada y lindas orejas en punta. Tal vez pueda vivir con esto —pensó Puerquito— no es tan malo después de todo ser un cerdito.

No hay comentarios:
Publicar un comentario